Archivos de la categoría ‘Poesías’

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Estimados amigos y lectores:
Sé que en la actualidad, no se valora en exceso a los poetas o a los que se lanzan a la aventura de plasmar sus pensamientos en el papel y ponerlo a disposición de los demás. Y los que lo hacen, normalmente pasan inadvertidos porque conseguir la fama o conseguir hacerse con un lugar privilegiado es complicado y difícil.
Realmente, de los grandes autores como Alberti, Juan Ramón Jiménez, Lorca, Bécquer, Rosalía de Castro, Espronceda, Machado o Miguel Hernández ( por citar algunos);  de sus obras, la mayoría de las personas pueden recordar a lo sumo, un par de estrofas o algún poema en concreto. Otros poemas, han corrido mejor suerte y son conocidos por colectivos que de ese poema han hecho una tradición y es conocido por muchos. O bien, han tenido la póstuma suerte de que han sido inmortalizados con una bonita canción o por unos hechos acaecidos.
Yo no tengo ninguna fe para que en mi caso, pueda sobresalir en este sentido, aunque quienes las leen, al menos a mi, me dicen que son muy buenas o que les gusta mucho, cosa que agradezco, pues siempre viene bien el que te reconozcan alguno de tus méritos, si es que en este caso lo son, que no lo sé. Pero desde hace algún tiempo, algunos compañeros míos de la red, me vienen aconsejando sobre la posibilidad de escribir un libro de poemas y así lo hice.
Así que al final y ya decidido, he reunido algunos de mis poemas y los he incluido en un pequeño librito que me acaban de publicar, con el título Poémides, para ir en consonancia con mi blog de poemas.

Los que os habéis pasado por Poémides, conoceréis más o menos mi estilo y el sentido que le puedo dar a cada poema, en el que muchas personas confiesan verse identificados de alguna manera y comentan al respecto lo que les viene al pensamiento o extraen conclusiones propias que les pueden hacer meditar.
Y en ese sentido, es así, de un poema, cada estrofa, cada palabra dicha de una forma o de otra, da cabida y luz para que la persona que lo lee, lo interprete a su forma o según sus propias vivencias o criterios.
Por eso un libro de poesía o un libro de poemas, no tiene la necesidad de ser extenso, como cualquier otro libro. Y se asemeja más a una pintura, en la que el artista, a través de una idea representa lo que quiere hacer llegar a los demás y le da su propia interpretación, que algunos captarán , y otros captarán y verán esa creación desde otra perspectiva diferente, pero al mismo tiempo le darán una interpretación que es acorde a lo que quería en su momento reflejar el pintor en su obra.
Por eso, solamente con que uno, dos o tres poemas de los míos, fueran muy buenos, eso ya sería un gran éxito, porque hay quien escribe miles y ahí quedan, sin pena ni gloria.
Los he hecho en dos formatos y calidades, Poémides en edición de lujo (en la foto de la izquierda), con 40 páginas a todo color, con poemas seleccionados y en papel de alta calidad  satinado y que queda realmente como una joya de coleccionista porque está impreso en formato ya adecuado para los poemas. Y otro con un poco más de contenido, (en la foto de arriba)  con 47 páginas pero más económico y normalito  en cuanto al diseño y calidad del papel Poémides en edición normal (podéis ver una vista previa de los mismos, en donde se muestran algunas páginas). No descarto de momento, el ir añadiéndole contenido sucesivamente a esta edición más económica. La parte buena es que ni pesan, ni ocupan mucho, así que son fáciles de llevar en cualquier sitio, lo que suponen una gran ventaja ante otros, por ser más manejable.
En cualquier caso, creo que a quien comprenda y entienda la poesía, le va a gustar  o le puede gustar, aunque le sepa a poco en cuanto al número de páginas y poemas, pero no siempre se está capacitado o inspirado para realizar un buen poema. Y a veces, el crear uno, puede llevar días o semanas. Otros,  vienen a la mente ya escritos y salen solos y creo que nunca averiguaré el por qué.

Lo que sí os pediría es que si sois tan amables, es que os paséis por aquí o por aquí y me dejéis algún comentario con lo que os parece o si os gustan mis poemas y observaréis que hay también unas estrellitas para valorarlos del uno al cinco, que supongo que eso servirá para que suba en los puestos de valoración de los lectores o de los que lo han adquirido, que como ya os he comentado, la mayoría de esos poemas, los podréis ver en Poemides y así tener una impresión más o menos clara de lo que os podéis encontrar. La elección de tenerlo en papel o no, eso ya es cosa de cada uno y dependiendo de la forma que utilice habitualmente para leer y si le gusta la poesía, claro…

El otro día, caminando por el paseo de una playa, vi a una mujer sentada en un banco de cara al mar y leyendo un libro. En ese momento pensé en la sensación que se debe sentir cuando por casualidad, se llega a ver a una persona desconocida, que esté leyendo un libro tuyo en la playa, en el campo, en el metro, en el tren, en la ciudad… 

Muchas gracias a todos y perdonad por darme en cierta forma publicidad, pero qué menos también, que el tener el detalle de compartir con mis lectores y amigos algo que verdaderamente me hace mucha ilusión, porque todos los días, no se escribe o se publica un pequeño libro.
Un abrazo a todos.
Európides

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Estimados amigos y lectores:
Una vez obtenida la valoración del Jurado del Concurso de Poemas y Relatos, pongo a continuación a los premiados, no sin antes agradecer a todos vuestra participación y os animo a que continuéis con vuestra gran capacidad para crear, que bien queda demostrada en vuestras aportaciones en el anterior post publicado en este blog.
Se concede fuera de concurso el Premio al Buen Blogger a JESE, por su constante labor y ayuda a otros escritores a través de las redes sociales y su propio blog.
Un cordial saludo a todos
RELATOS
La escritora y el enterrador de Nerim
Era una mujer callada, de aspecto más bien triste, casi nunca sonreía, no tenía amigas ni nadie con que compartir sus sueños, sus alegrías habitando en el fondo de un pozo sin fondo, sus letras sobre el papel y solo durante el día. Escribía y escribía sin parar, casi sin levantar la cabeza del pliego de papel.

De vez en cuando miraba sus manos y la escritura cesaba, y con aspecto resignado, cerraba los ojos y vagaba por esos mundos que solo existían en su imaginación, mundos perdidos repletos de letras gritando por salir a la luz, una duda en el aire buscando soluciòn cada día, planes “a” dejando paso al plan “b” respectivo. Sueños y anhelos que se negaban a morir, ideas que golpeaban sin piedad para no caer en el olvido, palabras buscando un verbo, adjetivos buscando sujetos, angustias luchando por ganar terreno, ilusiones perdidas buscando una escribiente que les permitiera volver a vivir, volver a existir, volver a vibrar y volver a sentir.

Casi a medianoche, el enterrador abre la puerta y entra en su casa. Ha sido un día agotador pero como todas las noches, va directamente al escritorio de su mujer, allí están los pliegos de papel repletos de letras, letras que han nacido del silencio, letras que no verán la luz, letras que mañana volverán a ser escritas tal vez con tinta roja, o tal vez con tinta azúl.
Mira los pliegos con ternura, acaricia lo escrito con emoción, llora y se quita de un manotazo las lágrimas derramadas, abre el armario de la entrada, saca su pala y va al jardín, alli, como todas las noches, no solo entierra sus letras, también entierra las emociones, las ilusiones, los sueños y el porvenir.

Su mujer observa desde la ventana del dormitorio. Su rostro no está triste, ahora sonrie con una dulce sonrisa, ahora comprende, ahora ve la luz, ahora sabe que mañana tiene que seguir escribiendo, tiene que seguir viviendo con sus letras el día a día, letras que de noche su marido entierra.

La flauta dulce de El guardián de la Mazmorra
Kalen, el druida de la aldea, dio por iniciada la celebración de la fiesta del fin del verano, el Samhain. Al pequeño Kilian le gustaba aquella fiesta. Apenas hacía un mes que cumplió los nueve años y gracias a que las cosechas de los últimas temporadas habían sido muy generosas, recordaba las celebraciones vividas con gran entusiasmo.
 
Por el hueco de las cubiertas de paja de las pequeñas viviendas de tierra salía el humo de la lumbre que ardería toda la noche en su interior. En el centro de la aldea se consumía una gran hoguera junto a la cual se asaban los corderos para celebrar la buena cosecha. Muy pronto, todos los habitantes se reunirían en derredor de las brasas para comer la tierna carne acompañada de cerveza y aguamiel. Era el momento en que Kilian más disfrutaba. Resultaba muy divertido ver a tus vecinos pintados de colores y ataviados con feas máscaras talladas en cortezas de árbol.
 
Antes debían colocar las ofrendas a sus difuntos. Alanna, su madre, terminó de preparar unos dulces a base de pasta de cereales y miel. Se los entregó al emocionado Kilian para que los dejara sobre la ventana de la choza. Aquella noche tenía mucho significado para su pueblo. No solo celebraban el fin de un próspero verano sino que además, con el cambio de estación, el mundo de los vivos y el de los muertos se acercaban hasta unirse durante el transcurso de aquella noche. Por ese motivo preparaban los dulces: para ofrecérselos a sus antepasados. Como también podían volver espíritus malignos, se pintaban para ahuyentarlos y más tarde, arrojarían los huesos del festín en el fuego de sus hogares.
 
—Vamos Kilian —le dijo su madre—. Ya ha comenzado la cena en la hoguera.
 
Juntos se apresuraron a ocupar su lugar en la larga mesa improvisada junto al fuego. A un extremo de la misma, el anciano Kalen sonreía al tiempo que dialogaba con algunos de sus vecinos. Un corpulento hombre con el rostro tiznado en rayas de varios colores agarró a Kilian por sorpresa levantándolo en el aire.
 
—¡Mira mamá! —gritó divertido—. ¡Mira que feo está papa!

—¿Que estoy feo? ¡Ahora verás!
 
Rápidamente Braian empezó a embadurnar la cara de su hijo con cenizas y barro mientras éste no paraba de reírse y revolverse tratando de escapar de su abrazo.
 
Pasaban las horas invitando a la noche a compartir la mesa. Alanna entregó a Kilian un recipiente con un puñado de huesos, restos de la cena.

—Se hace muy tarde cariño —le dijo con ternura—. Lleva la vasija a casa y acuéstate; no tardaremos en ir nosotros.

Obediente, Kilian corrió en dirección a la choza familiar con la urna entre sus manos. Sin embargo, al acercarse por fin a su hogar, unos movimientos llamaron su atención. Había alguien junto a la ventana.

Se aproximó con precaución, escudándose en las sombras, hasta poder ver claramente el rostro del intruso. No era miembro del clan y, lo más grave, estaba comiendo los dulces que su madre había preparado. Con cuidado cogió una vara que se apoyaba contra el tapial de su choza. Tomando aire se plantó con decisión junto al extraño y usó la vara a modo de lanza improvisada.
 
—¿Qué haces aquí? —le preguntó a voz en grito.
 
El aludido dio un respingo demasiado exagerado como para ser sincero.
 
—¡Oh! ¡Por todos los dioses! —Exclamó mirando al muchacho con cara de susto—. ¡Piedad! ¡No me hagas daño!
 
—No queremos vagabundos en la aldea. Y menos si nos roban la comida.
 
—¿Te refieres a estos dulces? Verás, me sentía hambriento y olían tan bien… Dile a tu mamá que cocina muy bien.
 
—¡Sepárate de ellos! No son para ti —dijo Kilian amenazando con su lanza.
 
—De acuerdo, de acuerdo. Pero no me hagas daño con tu arma. Eres un muchacho muy valiente. ¿Cuántos años tienes? ¿Quince?
 
—Tengo nueve años y no te tengo miedo.
 
—Ya veo. No me moveré. Me llamo Lugh, ¿me dirás tu nombre?
 
—Mi nombre es Kilian.
 
—¿Nueve años, eh, Kilian? Caramba, que crecido estás —le dijo el vagabundo con un brillo de satisfacción en los ojos que el muchacho no fue capaz de distinguir—. Tus padres deben de estar muy orgullosos de ti. Sí… seguro que sí.
 
Hablaba pausadamente, observando al chico que tenía delante, recorriéndole de los pies a la cabeza con su vista. Era un hombre adulto pero no anciano; mayor que su padre. Vestía unos pantalones de cuero y unas pieles sujetas con correas le servían de abrigo. Su postura era relajada y su voz pasó de asustada a un tono suave dando a entender a Kilian una actitud amistosa.
 
—¿Es de olmo esa vara que llevas? —preguntó aquel hombre tratando de cambiar de tema—. Es una madera muy resistente.
 
Aquello consiguió desconcertar un momento al chico, por lo que decidió aprovechar la ocasión.
 
—Mira esto que tengo aquí —dijo al sacar un pequeño objeto de entre los pliegues de su abrigo y tendiéndoselo al muchacho.
 
—Es una flauta —dijo Kilian con decepción al recibir el objeto.
  
—Sí, una flauta, pero fíjate bien en ella. Está tallada de un trozo de raíz de urz; la mejor madera para las flautas.
 
Kilian palpó con sus dedos los dibujos tallados en la superficie de la madera. Infinidad de filigranas dibujaban figuras que se entrecruzaban unas con otras en la pequeña superficie del instrumento.
 
—¿Por qué no la pruebas? —le preguntó Lugh sentándose en el suelo—. Toca un poco.
 
Kilian sabía tocar alguna melodía con la flauta así que, tentado, probó a soplar por su boquilla. Asombró tanto al muchacho el sonido limpio y cristalino que fluyó del instrumento que, separándolo de sus labios, volvió a mirarlo con admiración.
 
—Es bonita, ¿verdad? Me ha llevado mucho tiempo terminarla. Años —ahora la voz del hombre sonaba triste, alejándose de allí—. Iba a ser un regalo para mi hija, pero nunca pude dárselo.
 
—Es muy bonita. Y me gusta cómo suena —le dijo Kilian estirando su brazo para devolverle la flauta.
 
—Hummm, ¿por qué no hacemos una cosa? —titubeó el hombre sin llegar a recoger el instrumento—. Yo te doy esa flauta si tú me dejas llevarme estos dulces; de verdad que estoy hambriento.
 
Kilian lo pensó un momento. Le gustaba la flauta. Respecto a los dulces, sabía que mañana se los comerían en casa después de haber cumplido su función ritual. A su madre le gustaba mucho la música; ella le había enseñado a tocar la flauta. Tal vez no se enfadara con él por el cambio. Si su madre aceptaba, su padre no tendría por qué enterarse.
 
—De acuerdo. Pero márchate ya, no quiero que te vean rondando por aquí; ya te he dicho que en nuestra aldea no son bienvenidos los vagabundos.
 
—Gracias muchacho. Que los dioses te bendigan, a ti y a tu familia.
 
Dicho lo cual cogió lo que quedaba en el cuenco de los dulces y rápidamente se escabulló entre las sombras de la noche. Cuando su madre llegó a la choza, dejando a su marido con el resto de los hombres que apagaban la hoguera del festín, se encontró con el cuenco de dulces vacío y con su hijo despierto, esperándola.
 
—¿Por qué no te has acostado? -le preguntó mientras dejaba su capa de pieles sobre unas astas de ciervo—. ¿Sabes que ha pasado con los dulces de la ventana?
 
Kilian tomó aire para tratar de sonar convincente con su explicación.
 
—Encontré un hombre comiéndoselos. Dijo que se llamaba Lugh. Me ofreció esta flauta a cambio de los dulces y yo acepté. Mamá, es una flauta muy bonita; mírala —rogaba con su voz mientras le mostraba el instrumento a su madre.
 
Alanna cogió el trozo de madera tallado y con dedos trémulos recorrió los dibujos de su superficie como antes hiciera su hijo. Reconoció fácilmente el diseño rúnico grabado.
 
—¿Lugh…? —susurró sintiendo asomar en sus ojos unas lágrimas cargadas de viejos recuerdos.
 
Kilian, asustado al ver a su madre a punto de llorar, la abrazó con fuerza y trató de disculparse.
 
—Mamá no te enfades. Yo no quería portarme mal. Puedes hacer más dulces; yo te ayudaré.
 
—No, mi vida, no te has portado mal —trató de calmar a su hijo devolviéndole el abrazo—. Este año no será necesario hacer más dulces; eran para él.

POESÍA
Desengaño de espe-laveletavarada

A ti, consagre mi vida entera
derrochando contigo mil amores
toda una vida fui tu ¡compañera!

Pero ahora que todo son dolores
cansado ¡tal vez! de mi desvelo
te marchas a buscar las nuevas flores

Te vas a encontrar un nuevo cielo
en donde revivir tiempos mejores
dejándome a mi, con desconsuelo.

¿Dónde va ese cariño tan soñado?
¿y los años de vida regalada?…
¿que sin raíz el alma me ha dejado?

Espero que la suerte sea alada
y puedas encontrar esa quimera
que parece para ti, tan deseada

Consigue esa nueva primavera
si los años te dejan disfrutarla
y olvida a tu vieja compañera.

A la que tú, juraste siempre amarla
ella, te dedico su vida entera
por eso tu olvidaste respetarla.

¿Y si yo muriese mañana…? De Luisa, Mis ideas cotidianas

¿Y si yo muriese mañana…?
Cuántos besos perdidos…

Cuántas miradas torcidas quedarán en las retinas clavadas.

Abrazos que laten dormidos y nunca verán el alba.

Cuántas conversaciones urgentes, quedarán sin palabras.

¿Y si yo muriese mañana?

Habrá un cambio sustancial, vital, del que yo seré la más afectada.

Quedarán pendientes y sin expresar, tantas gratitudes ni agradecidas, ni pagadas…

Quedarán proyectos a cero y el mundo un poco más en calma

Cuántas noches sin luna o sin ganas de mirarla.
Cuántos días sin sol por las sombras de mis miedos desplegadas.

No dejes de amar y aprender, pensando para qué sufrir o que andas “sobrada”, 

porque la vida terrena ¿quién puede comprarla?

Y si acaso faltase, no quiero lágrimas ni flores, que valen muy caras y acaban marchitas y ajadas.

Queden en paz mis amigos y aquellos que me la guardan, 

que el corazón con los años perdona, disculpa y ama.

Quiero canciones bonitas, sentidas y cantadas… 

y peticiones al Padre por esta pequeña, pobre, cabra loca, enamorada.

Pero el sol se pone y amanece mañana y no podemos dejar de bailar las notas grabadas en la partitura de nuestra alma, historia escrita con sangre, de tachones llena y margaritas dibujadas, 

lágrimas caídas y risas pintadas, de ternuras llena y heridas no curadas.

Cuántos momentos perdidos, cuántas horas burladas, 

cuántas responsabilidades no asumidas, ni queridas, ni aceptadas…

Y desprecios al amigo y palabras necias que cantan: “que esto no me gusta, que no me da la gana” 

“y déjame en paz, que ya lo haré mañana”
“A mí no me pasará esto. Yo no moriré mañana”

Pero… ¿y si me faltase la vida de oportunidades despreciada?

Vivamos conscientes y felices de lo que nos depara la jornada, porque si la vida son dos días…

¿Y si yo muriese mañana?

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