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Qué fácil sería nuestro camino
si yo te hubiera sabido entender.
Daría todo, lo que fuera
y levantaría una copa de vino
para cambiar nuestro  destino,
para tenerte siempre a mi vera
y ganarme con el alma tu querer.

Daría mi vida por saber qué guardas
o qué escondes y no me dejas ver,
como si de mi no dependiera,
todo lo que no dices y callas
o que te quema sin que ardas,
como aquella primera vez.
Quedo, sin saber de donde vienes
o sin saber a donde vayas.
Y eso atormenta a mi ser.

Antes tú también te preguntabas
a donde me llevaban mis pasos
o qué ocultaba y no decía.
Era, el que ayudó al fracaso,
el que alimentaba nuestro ocaso
el que nuestras vidas consumía.

Y entonces, cuando sí me amabas 
y yo ausente no te correspondía,
siempre que me iba, te abandonaba,
mientras tu mirada, triste me seguía.

Recuerdo cuando tú acostumbrabas
a mirarme con tu duda,
una duda enamorada
que dolía y se ocultaba,
que el engaño predecía.
Y eras tú la que callabas.

Ahora triste quedo viéndote partir.
Mirándote sin saber que decir.
La misma moneda con otra cara,
la misma historia que te hice vivir,
la misma cruz que nos separa,
la misma forma de mentir.

Mentir sin decir apenas nada
y en constante desatino.
Mentiras que arruinan la morada,
mentiras que destruyen el destino,
porque en vida equivocada
quien levantó la copa de vino
con mirada ilusionada,
ahora al pronto se queda sin nada
y sin compartir nada en su mesa.
Ni siquiera una mirada.

Por faltar a su vida y promesa
de seguir juntos, siempre unidos,
se juega hasta que surge la sorpresa
para destruir ese amor y ese nido.

Si amas, no traiciones a tu suerte
porque sin querer, podría cambiar.
Y perder la alegría y acabar,
con ese amor que era bello e inerte,
con un amor deseado y fuerte,
con un amor que te hacía temblar.
Európides
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