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La Luna decía a una estrella,
que el mar perdió la calma,
que el sol quemó la hierba,
que alguien perdió su alma.

La estrella miró a las nubes.
Estaban tristes y lloraban.
La nieve mandaba aludes
y las aves ni volaban

El aire paró enseguida,
la tierra se humedecía.
Parecía inerte, sin vida,
parecía que se moría,
que moría o la mataban.

Otra estrella que escuchaba
y que por todos temía
respondió que ella la amaba
que quería compañía.

Ese mar embravecido
que sin querer las oía
apaciguó su sonido
y alegrando ese día,
a sus aguas cristalinas
suavemente les decía…

“Dejad a esas nubes que lloren,
nos darán toda su agua,
y con tarea poco ardua,
luego serán las que imploren”.

Las nubes que se enteraron
de lo que hablaba ese mar,
con impronta se apartaron
y la Luna, pudo asomar.

La nieve se derretía,
poco a poco y no en aludes.
Eso le daba alegría,
la llenaba de virtudes.

La Luna dudaba pensando,
en esas personas distantes,
que aguantaron su mirada
y que parecían brillantes
por el amor que les daba.
Y les regalo ese instante,
esa visión importante.
Luna llena, entusiasmada.
Luna llena e impactante…

Y escuchando que decían
lo bonita que hoy estaba,
los veía que sonreían
y mil besos les mandaba.
Európides