Archivos de la categoría ‘Cuento’

En el lago de los sueños descansaba un solitario corazón que perdió el amor.

Al despertar, observó que un cisne se paró y señaló con sus alas, el camino hasta otro solitario corazón, entre muchos que también se encontraban en el lago.

Ambos, creyéndose enamorados, se fueron de la mano y al poco tiempo volvieron cada uno por su lado y sin amor.

El solitario corazón descansó de nuevo durante mucho tiempo y al despertar, esperó a que de nuevo el cisne, se fijara en otro corazón solitario. Pero el cisne ya no se acercaba…

Pasaron los meses y los años y seguía esperando al cisne, Hasta que poco antes de morir el cisne, se acercó y le dijo:

“Señalé ese corazón como pudiera haber elegido otro cualquiera. No soy quien para saber qué corazón elegir para ti. Has derrochado tu vida esperando, en vez de animarte a buscar el que tú mismo elijas, quieras, te convenga y que además tu amor, sea correspondido”.

El desesperado y triste corazón, empezó a llorar sin consuelo hasta que por fin despertó…

Todo había sido un largo sueño y ahora sonreía, al ver que tenía toda la vida por delante para ir en busca de ese otro corazón, que le llenara de amor.

Ahora sabía que todo estaba en sus manos. Debía encontrar a quien le amara y a quien amar, para entregarle su amor para siempre.

Európides


Labraba sin descanso la Luna, para plantar semillas de amor en el corazón de una hermosa mujer, porque observó que se encontraba muy triste al romper para siempre con la persona que amaba y quería que se volvieran a juntar…

Entonces fue cuando una estrella fugaz a su paso se detuvo y le dijo:

“No esperes que algo pueda florecer en ese corazón si no lo siembras primero con un nuevo amor”.

La Luna quedó pensativa un instante y decidió buscar otra parcela en el corazón de la mujer.

Lo labró y sembró de nuevo, quedando ella misma sorprendida al observar que la estrella fugaz tenía razón. La mujer necesitaba un nuevo amor y no luchar por el que ya estaba perdido para siempre. “Eso solo le haría sufrir sin recibir nunca, nada bueno a cambio” pensó la Luna.

La estrella fugaz se sintió feliz al comprobar que el deseo que en sueños le pidió la muchacha, al fin se vería cumplido. Ambas, la Luna y la estrella fugaz se despidieron contemplando el semblante de la hermosa mujer, que las alegraba con ese nuevo brote de luz tan especial de su mirada.

Y al poco tiempo, la bella y hermosa mujer, que empezó a encontrarse radiante y llena de esperanza, encontró un nuevo amor, que la llenó de felicidad y ya fue para siempre…

(Európides)

 ©Este cuento tiene los derechos reservados por el autor.

El deseo de la amistad

Publicado: 26 diciembre 2010 en Cuento, Európides, Variedades
En el orfanato, como cada año por estas fechas, todos los niños, menos uno de ellos, escribían su larga carta a los Reyes Magos, con la esperanza de que tras haber sido buenos, su rey preferido les traería todo lo que habían pedido.
Todos los niños, menos uno de ellos, al menos durante el mes de diciembre, intentaban portarse mejor y hacer las cosas bien porque se sentían como observados y sabían que aunque no los vieran, los Reyes Magos o sus Pajes, estarían vigilándolos constantemente.
Antonio se dio cuenta de un detalle que a los demás parecía pasárseles por alto. Que todos los años cada uno de ellos recibía de los Reyes Magos un solo juguete y la mayoría eran balones y muñecos. Y ese año Antonio, quería pedir algo especial, algo diferente y que quizás sí le podrían traer.
Y aunque tenía muchos amigos y era muy querido en el orfanato, pidió la amistad de un amigo porque consideraba que lo que pedía era algo mágico y que si los Reyes quisieran, se lo podrían conceder.
Manuel, otro niño del orfanato, ese año no escribió la carta a los Reyes Magos. 
Tampoco pensó como Antonio o como los demás, en portarse bien y tampoco pensó en  jugar con el balón o con el muñeco, porque un día jugando con Antonio, se cayó al subirse a un árbol y se golpeó la cabeza. Ahora se encontraba ausente, en coma. Ya habían pasado seis meses desde que ocurrió aquel fatal accidente y Antonio, perdió a su mejor amigo que ahora se encontraba postrado en una cama sin despertar aún.
Poco a poco, el resto de los niños se fueron enterando de lo que Antonio había pedido a los Reyes Magos y aunque algunos tardaron más, todos cambiaron sus cartas y se apresuraron a escribir una nueva con los mismos deseos de Antonio.
La madre de Manuel, sollozaba y sufría al ver que iba a perder a su hijo, pues sabía que no podría hacer nada por evitarlo. Y ese día le contó a Manuel lo que habían hecho sus compañeros, que habían renunciado a recibir sus juguetes con tal de que él, pudiera jugar otra vez con ellos.
Después de contárselo todo, le dio un dulce beso y llorando abandonó la habitación de su hijo.
A la hora del recreo, todos los niños subieron con la carta en la mano para dejarla en la habitación de Manuel.
Un dulce escalofrío lleno de felicidad recorrió el cuerpo de los niños…
¡Manuel había despertado y el deseo de todos se había cumplido!
Ahora podrían jugar con Manuel como hacían antes y para ellos fue el mejor regalo que les habían hecho nunca, porque nunca recibieron lo que pedían y esta vez sí.
Además, el día de Reyes, también recibieron su regalo como un año más cualquiera…
Pasaron los años y Antonio que se había casado y tenía dos hijos, valoró y supo darle sentido a aquello que pasó con su amigo Manuel. Ahora era su turno y quería lograr que algún deseo de sus hijos, se pudiera cumplir, para que ellos sintieran esa ilusión y esa felicidad como él mismo la había vivido años atrás.
Manuel recordó aquel día que vio a su madre y entre lágrimas y sollozos le dio un dulce beso de despedida. Y sabe que algún día, cuando él muera, la volverá a ver.
Aprendió todo lo que tenía que saber sobre la amistad y tras recibirla de los demás juró por siempre mantenerla y aumentarla, aunque para ello tuviera que hacer lo que fuese necesario para ayudar a un amigo.
Haz que se cumplan los deseos de los niños, que en tus manos está su felicidad. Derrocha buenos sentimientos con ellos, que en el futuro, serán unas buenas personas y todo será gracias a ti…
Európides

El amor y la locura

Publicado: 21 noviembre 2008 en Cuento
El amor y la locura

De por qué el amor es ciego y la locura siempre lo acompaña.

Una vez se reunieron todos los sentimientos y cualidades de los hombres.

EL ABURRIMIENTO bostezaba, como siempre, cuando LA LOCURA les propuso:

– ¡Vamos a jugar al escondite!

LA INTRIGA levantó la ceja, intrigada, mientras LA CURIOSIDAD, sin poder contenerse,
preguntaba: ¿Al escondite? ¿Y cómo es eso?

– Es un juego -explicó LA LOCURA-, Yo me tapo la cara y comienzo a contar, desde uno hasta un millón. Ustedes se esconden, y cuando yo haya terminado de contar, el primero de ustedes que encuentre ocupará mi lugar para continuar el juego.

EL ENTUSIASMO bailó, secundado por LA EUFORIA.

LA ALEGRÍA dio tantos saltos que terminó por convencer a LA DUDA, e incluso a LA APATÍA, a quien nunca le interesaba nada.

Pero no todos quisieron participar.

LA VERDAD prefirió no esconderse. ¿Para qué?, si al final siempre la hallaban.

LA SOBERBIA opinó que era un juego muy tonto (en el fondo lo que le molestaba era que la idea no hubiese sido suya).

LA COBARDÍA prefirió no arriesgarse.

– Uno, dos, tres… -comenzó a contar LA LOCURA

– La primera en esconderse fue LA PEREZA que, como siempre, se dejó caer tras la primera piedra del camino.

LA FE subió al cielo. LA ENVIDIA se escondió tras la sombra DEL TRIUNFO, que con su propio esfuerzo había logrado subir a la copa del árbol más alto.

LA GENEROSIDAD casi no alcanzaba a esconderse; cada sitio que hallaba le parecía maravilloso para alguno de sus amigos.

¿Que si un lago cristalino? Ideal para LA BELLEZA, pensaba.

¿Que si la hendija de un árbol? Perfecto para LA TIMIDEZ.

¿Que si el vuelo de la mariposa? Lo mejor para LA VOLUPTUOSIDAD.

¿Que si una ráfaga de viento? Magnífico para LA LIBERTAD.

Así terminó por ocultarse en un rayito de sol.

EL EGOÍSMO, en cambio, encontró un sitio muy bueno desde el principio, ventilado, cómodo… pero sólo para él.

LA MENTIRA se escondió en el fondo de los océanos (mentira, en realidad se escondió detrás del arco iris).

LA PASIÓN y EL DESEO se fueron juntos al centro de los volcanes.

EL OLVIDO… se me olvidó donde se escondió… pero eso no es lo importante.

Cuando LA LOCURA contaba 999.999…

EL AMOR aún no había encontrado sitio para esconderse, pues todo se encontraba ocupado… hasta que divisó un rosal.

Enternecido, decidió esconderse entre sus rosas.

– ¡Un millón! – gritó LA LOCURA- y comenzó a buscar.

La primera en aparecer fue LA PEREZA, a solo tres pasos de la piedra más cercana.

Después escuchó a LA FE, en el cielo, discutiendo con Dios sobre teología.

A LA PASIÓN y EL DESEO los sintió en el vibrar de los volcanes.

En un descuido encontró a LA ENVIDIA, y así pudo deducir dónde estaba EL TRIUNFO.

AL EGOÍSMO no tuvo ni que buscarlo, el solito salió disparado de su escondite, que había resultado ser un nido de avispas.

De tanto caminar, LA LOCURA sintió sed; al acercarse al lago descubrió a LA BELLEZA.

Con LA DUDA resultó más fácil todavía: la encontró sentada sobre una cerca, sin decidir aún de que lado esconderse.

Así fue encontrando a todos, AL TALENTO entre la hierba fresca; a LA ANGUSTIA en una oscura cueva; a LA MENTIRA detrás del arco iris (mentira, estaba en el fondo del océano) y hasta EL OLVIDO… que ya se le había olvidado que estaba jugando al escondite.

Pero EL AMOR no aparecía por ningún sitio.

LA LOCURA buscó desesperada, detrás de cada árbol bajo, en el fondo de las lagunas, debajo de las piedras, en la cima de las montañas. Se volvió loca buscando.

Cuando estaba por darse por vencida, divisó un rosal.

Sonriendo, tomó una horquilla y comenzó a mover las ramas.

De pronto se escuchó un doloroso grito.

¡Las espinas habían herido en los ojos AL AMOR!

LA LOCURA no sabía que hacer para disculparse.

Lloró, rogó, imploró, pidió perdón, y hasta prometió ser su lazarillo.

Desde entonces, desde que por primera vez se jugó al escondite, EL AMOR es ciego, y…
LA LOCURA siempre lo acompaña.

La isla, un bonito cuento…

Publicado: 17 noviembre 2008 en Cuento
La isla, Un bonito cuento de Jorge Bucay

Hubo una vez una isla donde habitaban todas las emociones y todos los sentimientos humanos que existen. Convivían, por supuesto, el Temor, la Sabiduría, el Amor, la Angustia, la Envidia, el Odio…Todos estaban allí.
A pesar de los roces naturales de la convivencia, la vida era sumamente tranquila e incluso previsible.

A veces la Rutina hacía que el Aburrimiento se quedara dormido, o el Impulso armaba algún escándalo, pero muchas veces la Constancia y la Convivencia lograban aquietar el Descontento.

Un día, inesperadamente para todos los habitantes de la isla, el Conocimiento convocó una reunión. Cuando la Distracción se dio por enterada y la Pereza llegó al lugar de encuentro, todos estuvieron presentes.

Entonces, el Conocimiento dijo: -Tengo una mala noticia que darles: la isla se hunde.

Todas las emociones que vivían en la isla dijeron: -¡No, cómo puede ser! ¡Si nosotros vivimos aquí desde siempre!

El Conocimiento repitió: -La isla se hunde.

– ¡Pero cómo puede ser! ¡Quizá estás equivocado!

– El Conocimiento casi nunca se equivoca- dijo la Conciencia dándose cuenta de la verdad-. Si él dice que se hunde, debe ser porque se hunde.

– ¿Pero qué vamos a hacer ahora?- se preguntaron los demás.

Entonces, el Conocimiento contestó: – Por supuesto, cada uno puede hacer lo que quiera, pero yo les sugiero que busquen la manera de dejar la isla…Construyan un barco, un bote, una balsa o algo que les permita irse, porque el que permanezca en la isla desaparecerá con ella.

– ¿No podrías ayudarnos?- le preguntaron todos, porque confiaban en su capacidad.

– No –dijo el Conocimiento-, la Previsión y yo hemos construido un avión y en cuanto termine de decirles esto volaremos hasta la isla más cercana.

Las emociones dijeron: -¡No! ¡Pero no! ¿Qué será de nosotros?

Dicho esto, el Conocimiento se subió al avión con su socia y, llevando de polizón al Miedo, que como no es zonzo ya se había escondido en el motor, dejaron la isla.

Todas las emociones, en efecto, se dedicaron a construir un bote, un barco, un velero…

Todas…salvo el Amor. Porque el Amor estaba tan relacionado con cada cosa de la isla que dijo:

-Dejar la isla…después de todo los que viví aquí…¿Cómo podría yo dejar este arbolito, por ejemplo? Ahhh…compartimos tantas cosas…

Y mientras las emociones se dedicaban a fabricar el medio para irse, el Amor se subió a cada árbol, olió cada rosa, se fue hasta la playa y se revolcó en la arena como solía hacerlo en otros tiempos. Tocó cada piedra…y acarició cada rama…

Al llegar a la playa, exactamente desde donde el sol salía, su lugar favorito, quiso pensar con esa ingenuidad que tiene el amor:

“Quizá la isla se hunda por un ratito…y después resurja…¿por qué no?”

Y se quedó durante días y días midiendo la altura de la marea para revisar si el proceso de hundimiento no era reversible… La isla se hundía cada vez más…

Sin embargo, el Amor no podía pensar en construir, porque estaba tan dolorido que sólo era capaz de llorar y gemir por lo que perdería.

Se le ocurrió entonces que la isla era muy grande, y que aun cuando se hundiera un poco, siempre él podría refugiarse en la zona más alta…

Cualquier cosa era mejor que tener que irse. Una pequeña renuncia nunca había sido un problema para él. Así que, una vez más, tocó las piedrecitas de la orilla…y se arrastró por la arena…y otra vez se mojó los pies en la pequeña playa…

Luego, sin darse cuenta demasiado de su renuncia, caminó hasta la parte norte de la isla, que si bien no era la que más le gustaba, era la más elevada… Y la isla se hundía cada día un poco más…

Y el Amor se refugiaba cada día en un espacio más pequeño…

– Después de tantas cosas que pasamos juntos…- le reprochó a la isla. Hasta que, finalmente, sólo quedó una minúscula porción de suelo firme; el resto había sido tapado completamente por el agua.

Justo en ese momento el Amor se dio cuenta de que la isla se estaba hundiendo de verdad. Comprendió que, si no la dejaba, el amor desaparecería para siempre de la faz de la Tierra…

Caminando entre senderos anegados y saltando enormes charcos de agua, el Amor se dirigió a la bahía.

Ya no había posibilidades de construirse una salida como la de todos; había perdido demasiado tiempo en negar lo que perdía y en llorar lo que desaparecía poco a poco entre sus ojos.

Desde allí podría ver pasar a sus compañeros en las embarcaciones.

Tenía la esperanza de explicar su situación y de que alguno de sus compañeros le comprendiera y le llevara.

Observando el mar, vio venir el barco de la Riqueza y le hizo señas. La Riqueza de acercó un poquito a la bahía.

-Riqueza, tú que tienes un barco tan grande, ¿no me llevarías hasta la isla vecina? Yo sufrí tanto la desaparición de esta isla que no pude fabricarme un bote…

Y la Riqueza le contestó: – Estoy tan cargada de dinero, de joyas y de piedras preciosas, que no tengo lugar para ti, lo siento…- y siguió su camino sin mirar atrás.

El Amor siguió observando, y vio venir a la Vanidad en un barco hermoso, lleno de adornos, carteles, mármoles y florecitas de todos los colores. Llamaba muchísimo la atención.

El Amor se estiró un poco y gritó: -¡Vanidad…Vanidad…llévame contigo!

La Vanidad miró al Amor y le dijo: – Me encantaría llevarte, pero…¡tienes un aspecto!…estás tan desagradable…tan sucio y tan desaliñado!…

Perdón, pero creo que afearías mi barco- y se fue.

Y así, el Amor pidió ayuda a cada una de las emociones. A la Constancia, a la Sensualidad, a los Celos, a la Indignación y hasta al Odio. Y cuando pensó que ya nadie más pasaría, vio acercarse un barco muy pequeño, el último, el de la Tristeza. –

Tristeza, hermana- le dijo-, tú que me conoces tanto, tú no me abandonarás aquí, eres tan sensible como yo…¿Me llevarás contigo?

Y la Tristeza le contestó: – Yo te llevaría, te lo aseguro, pero estoy taaaaaan triste….que prefiero estar sola- y sin decir más se alejó.

Y el Amor, pobrecito, se dio cuenta de que por haberse quedado ligado a esas cosas que tanto amaba, él y la isla iban a hundirse en el mar hasta desaparecer.

Entonces se sentó en el último pedacito que quedaba de su isla a esperar el final…

De pronto, el Amor escuchó que alguien chistaba: -Chist- chist-chist… Era un desconocido viejito que le hacía señas desde un bote de remos.

El Amor se sorprendió: -¿A mi?- preguntó, llevándose una mano al pecho.

– Si, si- dijo el viejito– a ti. Ven conmigo, súbete a mi bote y rema conmigo, yo te salvo.

El Amor le miró y quiso darle explicaciones: – Lo que pasó fue que me quedé…

– Entiendo- dijo el viejito sin dejarle terminar la frase-, sube.

El Amor subió al bote y juntos empezaron a remar para alejarse de la isla.

No pasó mucho tiempo antes de ver cómo el último centímetro que quedaba a flote terminó de hundirse y la isla desaparecería para siempre. –

Nunca volverá a existir una isla como esta- murmuró el Amor, quizá esperando que el viejito le contradijera y le diera alguna esperanza. – No – dijo el viejito-, como ésta, nunca.

Cuando llegaron a la isla vecina, el Amor comprendió que seguía vivo. Se dió cuenta de que iba a seguir existiendo. Giró sobre sus pies para agradecerle al viejito, pero éste, sin decir una palabra, se había marchado tan misteriosamente como había aparecido.

Entonces, el Amor, muy intrigado, fue en busca de la Sabiduría para preguntarle:

-¿Cómo puede ser? Yo no lo conozco y él me salvó…

Nadie comprendía que me hubiera quedado sin embarcación, pero él me ayudó, él me salvó y yo no ni siquiera se quién es…

La Sabiduría lo miró a los ojos un buen rato y dijo:

– Él es el único capaz de conseguir que el amor sobreviva cuando el dolor de una pérdida le hace creer que es imposible seguir adelante.

El único capaz de darle una nueva oportunidad al amor cuando parece extinguirse.

El que te salvó, Amor, es el Tiempo.

(Jorge Bucay).